Apelmazados frente al efecto narcótico de una realidad cada vez más compleja, la vida se desarrolla en el área gris donde lo irracional se convierte en argumento válido frente a la oscura alternativa de un silencio despreocupado, de un pensamiento estéril que no distingue dónde comienza lo propio y termina lo ajeno.
En el espejo siniestro del mundo, nos resbalamos pisando los residuos del Gerber digerido y ajeno; y en ese mundo donde todo está dado, siempre hay alguien que limpia la regurgitada angustia y la procesa en un producto funcional y simbólico que seduce en tanto que desagrada y repele.
Sobre todo cuando el arma es de naturaleza discursiva, cuesta trabajo pensar que es posible tener una injerencia verdadera y tangible frente a una realidad que se presenta como algo completo e impenetrable en su excesiva simpleza, en su necesidad de generar reacciones específicas. Quizá la propuesta de análisis crítico del autor desde el ángulo subjetivista se dirija a generar un espacio donde se puede adoptar una distancia en la que tiene cabida el cuestionamiento de lo percibido. Aunque no tengamos acceso a un punto cero de referencia, el plantear una distancia interna crítica entre estímulo y respuesta es suficiente para que la realidad no se viva como un monolito inamovible y terminado, para que el individuo tenga agencia y se convierta la experiencia subjetiva en el objeto mismo de estudio. La palabra entonces se convierte en un síntoma socioanalítico.
En un sistema cuyo objetivo principal es la seducción y el entretenimiento (donde la repugnancia misma se torna en un modo de seducción y el punto es generar estímulos, generar consumo, generar necesidades que nacieron para vivir siempre hambrientas e insatisfechas), el discurso interno se vuelve una respuesta factible para determinar las consecuencias de esa fricción entre el sistema social y el psíquico, creando una especie de escisión entre el “yo” que es observado por los demás y el que se observa a sí mismo.
La realidad nos rebasa, la naturaleza nos excede y la apatía nos exime. El coste psíquico de enfrentar el choque entre mente y mundo es demasiado, pero demasiado es apenas suficiente.
sábado, 31 de enero de 2009
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¿para qué filosofía?
ResponderEliminarQué sentido tiene liberar una mente a tal grado? en el que el cuerpo carece incluso del sentido mismo, si el punto es restar realidad a lo real y entender que el concepto mismo puede nisiquiera existir, sigo preguntándome lo útil del dilema... 80 años de vida promedio con una naturaleza que no podemos evitar: sed de placer, y una estadística que nos indica casi nula probabilidad de éxito en 'la búsqueda'... tal vez sea mi pereza mental la que me lleve a gozar de mis 3 dimensiones y creer en que las ciencias exactas no son ratones corriendo atravez de un laberinto sin salida...
No es que se libere la mente sin más, incluso me atrevo a afirmar que, como por ahí dice Ana Clave, se libera el cuerpo de su prisión mental, se le deja ser. Lo cual no deja de tener sus consecuencias. Y lo que importa aquí no es una buena estadística en el éxito de la búsqueda sino la búsqueda misma sin un fin, pero son su objetivo. Las ciencias 'exactas' son necesarias para apaciguar cierta angustia que el entorno nos promete y así supervivir, pero el peligro consiste en estancarse en tamaña comodidad: eso sí es un laberinto sin salida.
ResponderEliminarJajaja, parece que tienen una discusión interesante, creo que me abstendré de participar en ella.
ResponderEliminarme vas a matar pero no te ubico en clase jeje, oye y quién eres orrala?
ResponderEliminarOrrala no es nadie de la clase, jajaja, se metió por el link de mi otro blog. Y yo... pues ahí búscale, seguro me encuentras.
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